Resentimiento o rabia: las dos energías que nos mueven en un conflicto

Cuando estamos en medio de un conflicto, solemos meter todo el malestar en el mismo saco: estoy enfadado, estoy mal, esto me supera. Pero si nos paramos a mirar con un poco más de calma, podemos reconocer dentro de ese malestar dos energías muy distintas. Y distinguirlas cambia lo que podemos hacer con ellas.

No siempre aparecen separadas, pero observar hacia dónde nos empuja cada una puede ayudarnos a encontrar una salida.

 La energía que quiere ganar: el resentimiento

La primera es el resentimiento. Nace de un dolor que permanece abierto y puede acabar concentrándose en un objetivo: vencer al otro, imponerse, devolverle el daño. Es una energía de guerra. Cuando toma el mando, resolver pasa a un segundo plano: lo que importa es tener razón y, si puede ser, que el otro pierda. Y si se le deja crecer, puede terminar convirtiéndose en odio.

Reconocerlo no significa negar el daño ni renunciar a pedir responsabilidades. Significa evitar que ese daño decida por nosotros.

La energía que quiere crecer: la rabia

La segunda es la rabia. A menudo la confundimos con la anterior, pero puede estar señalando algo distinto: la frustración, la impotencia de no poder hacer algo que necesitamos. Muchas veces ese algo es tan básico como hablar, exponer lo que pensamos, opinar, expresarnos.

La rabia también es fuego, pero no es destructiva en sí misma. Puede ser la energía que nos impulsa a cambiar, la que se rebela contra una situación que nos tiene cautivos y nos limita. En el fondo, el conflicto puede estar mostrando que algo en nosotros necesita trascender ese límite.

En un equipo, una asociación o una organización, esa rabia puede señalar una voz que no encuentra espacio, un límite que se está cruzando o una forma de funcionar que necesita cambiar.

El peligro de reprimirla

La rabia puede volverse destructiva cuando la reprimimos, cuando no sabemos darle salida o ni siquiera la reconocemos. También cuando la descargamos sin medida contra alguien.

Por eso el primer paso es verla: reconocerla, aceptarla e incluso agradecer la señal que nos trae. Después toca decidir cómo responder. Sentir rabia no nos obliga a actuar a su dictado.

Encauzar el fuego sin convertirlo en un arma

Nada de esto hace que el conflicto sea fácil. Un conflicto es tensión, y la tensión quema. Justo ahí es donde más hace falta la calma y la serenidad. No para apagar la energía, sino para dirigirla.

La clave está en que esa energía no se convierta en un ataque contra la otra persona ni contra nosotros mismos. Se trata de reencauzarla hacia la meta, hacia aquello que queremos conseguir y trascender.

Eso puede exigir hablar con claridad, establecer un límite, pedir una reparación o cambiar las condiciones que mantienen el conflicto. La serenidad no equivale a resignación.

No es una fórmula cerrada, y en plena tensión cuesta, pero es una dirección: que la fuerza del conflicto nos sirva para transformar algo, en lugar de consumirnos intentando derrotar a alguien.

Para reflexionar

  • Cuando aparezca el malestar en un conflicto, distinguir qué pesa más: el deseo de vencer al otro o la necesidad de salir de algo que nos limita.
  • Reconocer la rabia y escuchar qué necesidad, límite o cambio está señalando.
  • Antes de actuar, buscar la calma suficiente para dirigir esa energía hacia un objetivo y no contra alguien.
  • Mantener presente hacia dónde queremos ir: esa claridad puede convertir el fuego en movimiento.

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